De ahora en adelante, les tocaba acostumbrarse al vac?o de sus puestos en cada uno de los aposentos y espacios de palacio. En verdad que se podr?a decir que pocas por no decir ninguna se entristeci? con la partida de ellas.
Riquezas y fama de Salom?n
(2 Cr. 9.13?24)
14El peso del oro que Salom?n ten?a de renta cada a?o, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro; 15sin lo de los mercaderes, y lo de la contrataci?n de especias, y lo de todos los reyes de Arabia, y de los principales de la tierra. 16Hizo tambi?n el rey Salom?n doscientos escudos grandes de oro batido; seiscientos siclos de oro gast? en cada escudo.
17Asimismo hizo trescientos escudos de oro batido, en cada uno de los cuales gast? tres libras de oro; y el rey los puso en la casa del bosque del L?bano. 18Hizo tambi?n el rey un gran trono de marfil, el cual cubri? de oro pur?simo. 19Seis gradas ten?a el trono, y la parte alta era redonda por el respaldo; y a uno y otro lado ten?a brazos cerca del asiento, junto a los cuales estaban colocados dos leones. 20Estaban tambi?n doce leones puestos all? sobre las seis gradas, de un lado y de otro; en ning?n otro reino se hab?a hecho trono semejante. 21Y todos los vasos de beber del rey Salom?n eran de oro, y asimismo toda la vajilla de la casa del bosque del L?bano era de oro fino; nada de plata, porque en tiempo de Salom?n no era apreciada. 22Porque el rey ten?a en el mar una flota de naves de Tarsis, con la flota de Hiram. Una vez cada tres a?os ven?a la flota de Tarsis, y tra?a oro, plata, marfil, monos y pavos reales.
Ya sabemos qu? ocurri? en la ciudad, lo que no mencionamos fue lo que pudo estar pasando con las mujeres, con nuestras Amazonas. Al trasladarnos al barco vimos que las mujeres no acostumbradas a navegar, durante las primeras horas, estaban casi todas en cubierta, como esperando una ?ltima se?al del amo, confiadas en que era una pesadilla pero que de un momento a otro despertar?an de ella. Nada de esto ocurri?, por el contrario apenas se alej? un poco el barco y desde esa cierta corta distancia se notaba a la gente dispers?ndose y y?ndose cada uno a lo suyo. El resultado era que ya no hab?a marcha atr?s. Fueron momentos que en algunas mentes sirvieron para comparar, medir y entender lo que estaba sucediendo y a su vez tratar de buscar consuelo en alguien para lo que estaba por venir.
Cuenta una leyenda que el barco iba afligido por el camino, el lloriqueo casi a coro
de las mujeres durante las tres primeras noches hac?a al mar entristecerse, y se dice que los seres marinos se apiadaban de las dolientes y parece ser que hasta el cielo se compadec?a, pues esos d?as, el cielo tambi?n llor?, fueron tres d?as en que hubo lluvia.
Pero la vida segu?a su curso y es muy dif?cil cambiar el rumbo de los acontecimientos.
Pasada la primera semana muchas mujeres ya se hab?an adaptado al viaje, el mareo dej? de ser normal y constante, el rezo y la reflexi?n aminoraba temores y sufrimientos, la amistad comenzaba a florecer y como primer objetivo positivo de ese viaje, podr?amos decir que estaban naciendo lazos afectuosos entre algunas de ellas. Y al final del d?a con la ca?da indetenible de la noche, m?s de una de esas mujeres con las manos cansadas de apretar el vac?o, se recogi? con su rostro entristecido como si lo tuviese maquillado con la pintura apasionada de una infinita verg?enza.
Qu? pensaba en esos momentos El Rey Salom?n es muy dif?cil de acertar, suponemos, algo de tristeza lo tuvo que invadir, tal vez hasta logr? quitarse un peso de encima al no tener que permitir juzgarlas, no lo podremos saber, tal vez pronunci? en silencio alguna oraci?n, quien sabe. Tan s?lo su mente pude tejer sus pensares, como tela de ara?a suponemos pesc? para s? sus sue?os, pues aquellas palabras que no pronunci? su garganta suponemos se estrellaron en los vientos del olvido. Sin dudas que tuvo que haber sido un espect?culo triste y deprimente, ya que de alg?n modo, prefiri? la m?scara del silencio a la nobleza de las palabras. ?Nada qued? escrito para la posteridad! Si haber vamos, de lo que si estamos claros, es que hubo un punto en el cual Salom?n estuvo acertado con la decisi?n de haber mandado a uno de sus primos. Se puede decir que ?l fue el manto de l?grima de aquellas mujeres que a?n siendo nobles, desconoc?an su destino, aunque estaban conscientes que hab?an sido enviadas al destierro. Pero como todo en la vida, con el paso de los d?as, ellas se fueron fortaleciendo y de la uni?n entre ellas, vino la fuerza; ocurri? lo incre?ble, como acabamos de decir, mujeres que durante tiempo hab?an sido enemigas y competencia, ahora colaboraban, se ayudaban, y trataban de consolarse unas a otras. El consejo general y repetido las hab?a vuelto a la fe, a la creencia de lo divino, cada una retorn? a los dioses de sus padres, y as? reapareci? otro cambio, y de lamentaciones vimos llegar calma y paz.
El amanecer del primer d?a fue con un sol espectacular, el cielo brillaba con un claridad inusual, el hecho de ir bordeando las costas, permit?a ver una gran variedad de aves marinas, el chapoteo de las olas acariciando la quilla del barco, generaba un deseo de permanecer observando, era como si una especie de hipnosis colectiva se apoderara de las mujeres y ?stas, no se cansaban de mirar, la manera en que con la popa cortaba la superficie del mar y ?sta dejaba como rastro, un surco de decenas de metros. Ver desde lejos al barco era algo inusitado, pues adem?s del colosal tama?o, era extra?o el observar a tantas mujeres en la cubierta, les hac?a pensar en cosas que a nada llegaban. Contar y detallar cada d?a con sus noches, una traves?a que pareciera la repetici?n del d?a anterior donde lo ?nico a la vista era el mar, las estrellas, el sol, y de nuevo lo mismo, ser?a tener poca imaginaci?n, olvidar el recorrido ser?a de lo m?s injusto. Por ello debemos terminar y contar que el gigantesco barco lleno de mujeres, portando la bandera y el escudo de David atraves? el mediterr?neo de un lado a otro, costeando por un lado a Italia, Espa?a, Portugal y del otro las costas de Norte ?frica, y fue por ellas que bordeando las mismas fueron bajando sin detenerse. Eso permaneci? as?, hasta la tercera semana en la que el capit?n giro su rumbo y encaus? el barco hacia occidente, fue una entrega a lo desconocido imbuido en un conjunto de placeres, que hac?an vibrar su adrenalina y que generaban un cosquilleo a sus temores.
Exist?a algo en el capit?n que pareciera lo aguijoneaba en el fondo de s?, y al hacerlo, dejaba de lado sus verdaderos miedos, el conocimiento de que el hombre m?s sabio era quien hab?a sido el que lo hab?a encomendado a hacer este viaje, dentro de toda su rabia o dolor, le generaba cierta tranquilidad, pues ?l deber?a saber por qu? o para qu? era necesario este viaje. A este punto, lleno de angustias ya no sent?a ganas de seguir dudando y vio que requer?a insuflarse con nuevos motivos de ?nimo, un soplo de valor y coraje comenzaba a pasearse campantemente por todo su ser y desde ese punto, el capit?n contagiaba un oculto optimismo.
Vivir un d?a en el barco, era llenarse de miles y miles de experiencias, depender?a
de la ubicaci?n que tom?ramos y as? las vivencias a ver ser?an inacabables. Por un lado la tripulaci?n, que iba en busca de la nada, con meta no fijada, con un tiempo y fin incalculado e impensado, trabajando como con la obligaci?n de llegar a hacer algo que no estaba ordenado y cargados de un temor hasta divino. Pero en resumen, podemos decir que era una tripulaci?n instruida militarmente, llena de orgullo y respetuosa de sus obligaciones. Por el otro, los encargados de la log?stica, esos que deb?an dar de comer,
mantener la limpieza, y al final de aquellos que llenos de miedos y penas deb?an sacar desde su m?s profundo y perdido mundo, la capacidad de re?r y hacer re?r a las Amazonas. Y por ?ltimo y dejadas en este lugar con todo el prop?sito, nos encontramos en los aposentos de las reinas y sus esclavas. Comentamos que al comienzo muchas de ellas lloraron, pero as? como los d?as se suced?an de igual modo se inundaban de una supuesta fuerza que pensamos no real, pero que serv?a para demostrar a las dem?s, la falta de cobard?a.
Recordamos los salones y los aposentos antes, cuando estos estaban vac?os,
luego, con la decoraci?n de muebles, pieles y telas y ahora al retornar a ellos, podemos ver que no siempre un cuarto vac?o luce peor que uno lleno, puede ser que el miedo, la tristeza, los mareos, la lejan?a o mismo hasta la incertidumbre fueran responsables, pero los aposentos se ve?an tristes, como envejecidos, las mujeres no eran las mismas, una de las causas que nos parece razonables, es la de que habiendo sido ellas las escogidas para el destierro, ese aura de nobleza, poder, respeto y otras actitudes similares, se perdi? de una sola vez. Y eso que dicen de que la ropa no hace al monje, en esos momentos luc?a como una verdad absoluta. Debemos hacer notar que entre tantas mujeres, hab?a de todo, unas que ya no quer?an seguir viviendo, otras, que no hab?an asimilado a?n lo que lo les estaba sucediendo y las que menos resignadas, estaban como absortas en sus pensamientos, incorp?reas en sus realidades, y poco creyentes de sus designios.
Hab?a algunas mujeres que no paraban de ir y venir, sub?an a cubierta, caminaban
como si tuviesen un lugar al cual dirigirse, pero al llegar a un punto muerto, retornaban a sus habitaciones. Otras como se dijo miraban al mar, y el mismo oleaje formado por la quilla del barco, pareciera las hipnotizaba, las dejaba idas a un nivel tal, que era poco por no decir nada lo que sus o?dos captaban de las otras cosas. Una de esas tardes casi ag?nicas se les present? una imagen que para ellas pudo ser divina, vieron delfines brillar en el horizonte como olas borrachas. Eran unos peces no


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