El presente trabajo tiene el objetivo de ofrecer como estudio de caso un testimonio de vida que evidencia el uso del sentido del humor como estrategia de confrontación a una enfermedad crónica como es la Esclerosis Múltiple; como manera de poder transmitir de una forma optimista y altamente positiva y de afrontar las situaciones adversas.
Mi nombre es Nicolás, tengo 28 años y hace nueve que recibí el diagnóstico de Esclerosis Múltiple. Actualmente estoy finalizando mis estudios universitarios (estudio psicología en la Universidad Nacional de Mar del Plata).
Quiero transmitirles la enseñanza que me dejó esta enfermedad: la importancia de reírse de uno mismo. La historia comenzó cuando tenía veinte años, en plena juventud, las hormonas en estado de ebullición, la creencia de que se es omnipotente, que se es inmune a todos los males y de golpe el diagnóstico de Esclerosis Múltiple ¡Me quería matar!
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue una pregunta: ¿por qué a mí? Luego maldije en mi pensamiento al médico, a mis viejos, a Dios, en fin, a la vida misma.
Quería saber de esta enfermedad ya que el médico que me diagnosticó era un joven inexperto recién titulado y no tuve mejor idea que visitar al “especialista virtual”: Google. Lo que leí ahí me despertó tal ansiedad, angustia, miedo y todos los sentimientos negativos que se puedan imaginar, que veía pasar el resto de mi vida sentado en una silla de ruedas.
Una lista interminable de síntomas: diplopía, inestabilidad en la marcha, intolerancia al calor, pérdida de fuerza, disfunción sexual, alteración de las funciones cognitivas entre otras, sustentaban mi predicción (Gold y Leiguarda, 1992).

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